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domingo, 14 de enero de 2018

Capítulo 7. Operación Werther







              ÁNGEL TRISTÁN GANIVET ROLDÁN  Y MARÍA LUISA GANIVET ROLDÁN


Una tibia luz blanca inunda la habitación al filo de las once de la mañana. Me obsesiono con la persecución de la que soy objeto.


Se ha tramado una perfecta operación para suprimirme. Los organizadores son Von Hacken y Mr. Powers que está en relación con el consulado inglés en Gibraltar.

     La operación es vieja. Soy, por ahora, el español más lúcido y temen que mis consignas contenidas en El Idearium y en El Porvenir de España sean aplicadas contra el asqueroso poder colonizador. Conocen la ironía de Arimi en el Reino de Maya y temen que se cree una corriente de opinión contraria que les desmonte las piezas del negocio.

     He sabido que interfirieron el escrito de Almagro en el que se me comunicaba que la Unión Hispano-Mauritánica me había nombrado corresponsal en Riga con el fin de hacer propaganda africanófila.

     En tres ocasiones impidieron la publicación de La Conquista del reino de Maya, y en los disturbios promovidos por los socialistas en las jornadas de Amberes casi  consiguieron, en un provocado accidente, hacerme víctima ocasional cuando paseaba al atardecer por la Rue de la Justice.

     Posiblemente Hanna Rönnberg, la pintora, les facilitó informes sobre mí cuando vivía en Helsingfors. Si no hubiera sido así, qué se le pierde a una mujer en la casa de un antropoide granadino a quien no conocía nadie en Brunnsparken.

     Si no necesitaba de mí - me dijo no cuantas veces la solicité - ¿qué pretendía?, ¿sólo una habitación con vistas al mar helado y al solitario parque para poder pintar? ¡No! La trama, que se urdió en Amberes, continuó en Helsinki y ahora quieren eliminarme aquí en Riga. Sin embargo mi mayor capacidad intelectual, producto de mi paulatina transformación en psícope, los ha descubierto.

     Mi eliminación, milimétricamente prevista, responde a una muy inteligente operación: tratan en último término de forzarme al suicidio después de un progresivo envenenamiento con teobromina.

     Los documentos que prueban la verdad de la trama los estudié minuciosamente en casa del barón cuando este tuvo que ausentarse para dirigirse a Könisberg.

     Yo soy el objetivo de la OPERACIÓN WERTHER.

     Ya sabéis que ha tenido una gran difusión esta novelita de Goethe en la que las relaciones entre el amor y la muerte, el Eros-Thanatos descrito por el escritor alemán, provocó una epidemia de suicidios.

       Se pretende hacer creer a todos que las conocidas relaciones tormentosas entre Amelia y yo provocarán mi última decisión libre: rematar mi propia escultura hiriéndome con el cincel helado de las aguas del Dwina.

     Quienes me conocen bien pueden pensar que no hay, en absoluto, en mí desilusión ni débil hipersensibilidad de amante desengañado que me lleven a la autodestrucción.

        He recompuesto todos los datos perfectamente. Ya conocía Von Bruck todo lo relativo a mi persona el primer día que me presenté en su casa. Incluso las continuas infidelidades entre Amelia Roldán y  yo desde 1892 hasta 1898.


         El palacete en donde vivía el barón era señorial, tenía la fuerza fría de la voluntad que perdura sobre el tiempo. Me abrumó el sereno lujo arquitectónico del edificio siempre envuelto en el perfume de la música de Wolfgang Amadeus Mozart. Quedé admirado de la perfecta simetría de los patios, de los pasillos de mármol blanco, del ritmo de los elementos de adorno, de los ventanales con cristales venecianos que alumbraban los corredores.

          Desde la primera visita, siempre que subía al despacho de Von Bruck situado en la parte alta, me demoraba sintiéndome cobijado por la falsa nieve de la escalera en la que se apreciaba la magia del espíritu. Ya en el peldaño de arranque se revelaba el alma, el duende, la magia estética, la prodigiosa empatía: la presencia muda de la escalera era el primer discurso de Von Bruck.

           La escalera, inmersa en una caja en forma de prisma, era de las llamadas imperiales. Un primer tramo con nueve escalones llevaba a un descansillo y a un segundo tramo de siete, para llegar a una meseta que distribuía la subida en dos nuevos tiros a izquierda y a derecha. Cada uno de ellos estaba dividido en dos rellanos que separaban dos subtramos de siete peldaños.

         El anónimo constructor jugó con la magia de los números nueve y siete. La variatio arquitectónica encajonaba los dos primeros tramos de la escalinata, adosando los elementos a un muro almohadillado que recordaba el estilo de Machuca en el palacio de Carlos V de Granada. El tercer tiro dejaba libre la barandilla de piedra con paneles calados, puro encaje de mármol.

        Acostumbraba a subir por la izquierda degustando en cada tramo la perfección de la entabladura, la relación de la anchura útil de la huella con la contrahuella de cada uno de los peldaños macizos. En una de mis frecuentes visitas hasta medí la altura y la huella. Comprobé la suma perfección de la construcción, pues las dos alturas más la huella sumaban 63 centímetros. La estabilidad de los peldaños y su distribución, los anchos rellanos y los fríos pasamanos aseguraban un recorrido fácil sin cambios bruscos de dirección, un paso regular, tanto al subir como al bajar.

         La perfecta iluminación que desde la parte superior de la caja proporcionaban seis ventanas, tres en cada muro lateral, ayuntadas en su parte superior por sendos bustos en medio relieve sobre los que se descolgaban dos besantes, descubría la lámpara de plata que colgaba del florón central del techo y el mármol rayado por casi imperceptibles vetas grises, azuladas, amarillentas. Las hojas de acanto de los vértices superiores del cubo y las ménsulas de adorno anunciaban la planta noble en la que se situaba el gabinete de Von Bruck enfrentado a una barandilla de panel calado en cuyo centro inexplicablemente destacaba una apotropaica granada.

         Admirado del lenguaje arquitectónico, entraba en el despacho del barón en donde siempre sonaba la música de Mozart. La sencillez de la sobrepuerta daba paso a una decoración armoniosamente clásica: cuatro pilastras corintias adornaban el frontal; dos ocupando el centro y dos, los extremos. En los entrepaños dos misteriosas puertas, cubiertas por cortinas de terciopelo rojo oscuro, decoraban sus dinteles con un sencillo entablamento, sobre el que destacaban dos cornucopias rebosantes de flores y frutos que abrazaban un sencillo besante. las decorativas pilastras sostenían falsamente un entablamento que ocupaba todo el paño, en el que resaltaban cuatro cabezas sobre el friso, limitadoras de una leyenda central: LERNE, DU WIRST LEITEND SEIN.

         La armoniosa decoración se repetía por la amplísima estancia. Sobre el lateral dos magníficos ventanales eran los ojos del edificio sobre el Dwina. En el friso corrido doce personajes daban noticia de sí desde la altura. Quevedo, el primero, nos aseguraba que ' Donde hay poca justicia es un peligro tener razón'; Góngora hablaba de imposibles: 'Oh, cuánto yerra delfín que sigue en agua corza en tierra'; Cervantes conciliador entre ambos trataba de imponer su pensamiento con su 'Feliz quien ignora estas dos palabras de tuyo y mío'; una suerte de orgullo meritocrático se desprendía de las palabras de Anatole France: 'La independencia del pensamiento es la más orgullosa aristocracia' ; Shakespeare aconsejaba: 'Presta a todos tus oídos, pero a pocos tu voz'; 'Mezcla a tu prudencia un gramo de locura', recomendaba el poeta latino Horacio; Juan Ruiz de Cisneros se deprimía en la altura: ' Todo tu afán será sombra de luna'; Goethe recetaba: ' Contra la estupidez humana hasta los dioses luchan en vano'; sentenciaba Séneca que ' Está en el alma del hombre odiar a los que hemos ofendido'; Friedrich von Schiller sobrevaloraba la metáfora, el traslado, el arjal: ' Sólo la fantasía permanece siempre joven, lo que no ha ocurrido jamás no envejece nunca' y Jean Paul Richter hablaba de un único oasis: 'El recuerdo es el único paraíso del que no podemos ser expulsados'.

        Von Bruck, sin saberlo, se retrataba ante el visitante que detenidamente leía los pensamientos en tesela conformadores del mosaico de su personalidad: desconfianza, un cierto comunismo evangélico, fe en la obra artística, soberbia, senequismo, nostalgia, independencia, ironía.

         Sorprendía en el gabinete el lujo de la decoración. Mantenía Von Bruck que al hombre sólo lo salvan las formas. El escritorio de palisandro con soporte de hermas, cuyas cabezas eran filósofos y esfinges, llevaba la firma de Thomas Chippendale y ocupaba la parte frontal de la estancia. Al fondo un tresillo rodeaba una lujosísima mesa de ajedrez de marquetería anglo-india. En el lateral derecho junto al primer ventanal, una mesa redonda con soporte central de madera dorada y superficie de nogal, de borde funicular, era el lugar de reunión de quienes pasábamos por ser sus amigos. Sentados en cómodas sillas de madera satinada, policromada, con respaldo de escudo, la amistosa charla se dilataba desde las tres hasta las siete.

         Nuestro hospitalario y culto amigo nos obsequiaba cada tarde con un riquísimo chocolate. El centro de la reunión por unos momentos era la humeante y plateada chocolatera genovesa con asa de madera y con la parte superior de la tapadera en forma de bellota. Von Bruck, perfecto conocedor de la literatura española y amante de la literatura francesa, tenía minuciosamente organizada su diaria actividad: desde las nueve de la mañana hasta las doce del mediodía escribía en una vieja tablilla, tumbado en la cama, almorzaba a las doce y treinta minutos; mantenía la tertulia cada tarde; cenaba a las ocho y seguía escribiendo en la cama de once a una media de la madrugada.

        Al despedirme, inconscientemente me detenía ante el tapiz de las Bacantes de François Boucher que completaba con los tapices laterales la serie de los Amores de los Dioses. Luego miraba distraídamente algunos libros de la estantería que ocupaba todo el muro izquierdo: El Libro de Buen Amor de Juan Ruiz de Cisneros, Lazarillo, El Quijote, Las Glosas de Sabiduría de Shem Tob, el Polifemo de Góngora, Hamlet, El Derecho Público en Roma, las Lecciones de Derecho Civil, un diccionario de términos jurídicos, una antología de cuentos rusos, Handwörterbuch Spanisch-Deutsch / Deutsch- Spanisch, Eugénie Grandet de Balzac...

        Von Bruck conocía todos mis gustos. La tarde de mi primera visita el barón, engolándose, se dirigió a mí mientras la städerska nos servía una taza de chocolate.

        - Querido Ángel, tomemos la bebida de Quatzalcoltl, el jardinero del cielo, quien después de abandonar el edén, donde moraban los primeros hijos del sol, trajo a la tierra las simientes del cacao, árbol divino que procura un alimento de dioses. ¿Sabía, usted, mi ilustre cónsul, que los mejicanos convirtieron el cacao en planta alimenticia por excelencia y que sus frutos hacían las veces de moneda? Me sorprendía el tono cursi que adoptaba mi interlocutor mientras paseaba frotándose las manos. 

             - Seguro que ignora que su sistema monetario tenía tres unidades: el countl, equivalente a cuatrocientas bayas de cacao; el xiquipil que valía doscientos countles y la carga que tenía el valor de tres xiquipiles, veinticuatro mil bayas... Pero dejemos la erudición y tomemos nuestra taza.

            ¡Menudo tostón!, pensé. Yo sabía, además de eso, que chocolatl significa agua de cacao y que está formada de choco ´cacao´y de latl ´agua´. También pude decirle que el emperador Moctezuma tomaba diariamente cincuenta tazas, pero opté por sentarme y saborear el agua de cacao en una primorosa jícara de porcelana blanca con una leyenda: ´Chiado-Lisboa´. Recordé a Alface que acababa de enviarme su libro Excursión al monte de Venus, primer premio de la revista erótica "O sorriso do coelho".

         Lo que no se atrevió a decir Von Bruck fue que el poder estimulante del cacao se debe a un alcaloide que se conoce con el nombre de teobromina. Sólo un gramo de esta sustancia suministrado a un conejo basta para ocasionarle la parálisis de la médula espinal y la muerte en menos de veinticuatro horas.

         El proyecto Werther pretendía ocasionarme una parálisis progresiva potenciando el contenido relativamente pequeño de teobromina de una diaria taza de chocolate con un alcaloide mezclado en la pasta de harina miel y nata de los dulces. Mi dulce afición granadina acabaría perdiéndome.

      Pienso, como prueba de mi forzado suicidio, dejar las servilletas manchadas para que así mi familia pueda un día aclarar toda la trama que se ha urdido contra mí y dejar limpio mi nombre.

          El alcaloide que mezclaban a la pasta era, según descifré en el manuscrito en el que se describía pormenorizadamente la operación, el denominado conina que mezclaban con mayor facilidad por ser líquido.

       Cuando hago memoria de lo que me sucede son las once y veinte en Hagemberg.

         Desde que lo supe no duermo ni, por supuesto, pruebo bocado hasta que Amelia no se presente con el niño. Me escribió diciéndome que llegaría hoy a las cuatro de la tarde y mis hermanas me han confirmado la noticia, han salido de España el día veintidós. Ya he comunicado a la embajada de San Petersburgo que Amelia Roldán y mis 'dos hijos' llegarían el 29 de noviembre.



        He preparado en mi pequeño despacho distintos contravenenos por si se presentan síntomas indicativos de que he sido envenenado, así como también indicaciones para que quien se presente pueda salvar mi vida. Voy a dejar una nota fijada en el cristal de la ventana:

       Para expulsar del estómago el tósigo, debéis hacerme cosquillas en la parte posterior de la garganta; en la repisa verde del aseo hay vinagre en un vaso pequeño y jugo de limón en la botella que está junto al vaso, por si el envenenamiento pretenden realizarlo, tal como he visto en el plan, con un alcaloide. Ahora bien si sospechan que estoy al tanto del asunto,pretenderán utilizar un ácido fuerte. Entonces deberías hacerme tragar magnesia calcinada que guardo en el cajón central de la mesilla de noche en mi dormitorio, o bien  bicarbonato, yeso o cal, que guardo en la parte superior.

        
¡Dios mío, cuánto abandono!
        ¡Un hombre no puede quebrarse así!
        ¡Tanto esfuerzo, Dios mío!

        Vuelvo de nuevo a hacer balance de mi vida y me enredo en el recuerdo de mi "primera oposición". Conseguí en el Instituto General y Técnico de Granada una ayuda de quinientas pesetas que me entregó don Benito Ventué y Peralta, secretario del centro.

      Una inmensa satisfacción nos embargaba a todos los premiados: Carlos Vigil de Quiñones y Alfaro, Manuel Deleito Maroto, Emilio López Osorio, José Martín Barrales, José Casado García, Joaquín Orense Talavera, Francisco Olmedo Martínez, Francisco Ordóñez Morales y yo mismo.

       Recuerdo que fuimos a celebrarlo a la Fonda Europa y por catorce reales almorzamos "divinamente", según repetía Deleito.¿Qué habrá sido de ellos? ¿Ubi sunt?

        La historia de la humanidad es un escrito anónimo donde todo es recuerdo de la muerte. ¿Quién salva nuestra inconsistencia de náufragos arrojados en el mar de la sólo teórica libertad?

      ¿Quiénes fueron los míos?, ¿qué cadena de sangre me trajo aquí?, ¿ante quién se humillaron?, ¿cómo eran?, ¿qué calle los vio pasar?, ¿qué árboles fueron papel-mensaje al corazón grabado?, ¿cuándo sintieron el primer frío de acero tenso del grito?, ¿dónde los míos? Estoy aquí, solitario y anónimo, sin señales, aquí en Riga sorprendiéndome vivo.

        Los míos, campesinos irredentos, interrogantes mudos entre el cielo y el suelo, bíblicos, impasibles, no amasaron el pan pues nunca el pan fue suyo, y quedaron perdidos allí en el Sur-Infierno, testigos ante los  malos vientos, perdida la blanca nieve del algodón en flor, el bieldo y la galera, roto ya el abacá de la esperanza.

    Vuelvo a releer el manuscrito. Es preciso que descifre su contenido. Sus últimas indicaciones estaban escritas en ruso. Hice el esfuerzo de traducirlas, pues pensaba que en ellas se contendrían las órdenes más precisas.

       Busqué los tres libros de Gramática Rusa que Mascha me había regalado y un diccionario pequeño que encontré en la librería Petersson de Helsingfors.

      Tenía ante mí un trabajo impresionante y me ensimismé en él con la misma ilusión de juventud, con la misma inquietud con la que recibí mi primera clase de Lengua Francesa en 1886.

       Me autonovelé y perdí todo el temor.
       La nota  final manuscrita del documento decía:


 Вéра - нýжно кóнчить - скóро нри испáнскии -
 он один грустить нýжно  кормлю  химик  врау
 как  раз  чéреэ недéлю  парóль  вэртэр час - 
 в3  часоэ  ноябрь -  день  срeдá  гибель -
 корáбль  при рекá



        El mayor desasosiego no lo produce el hecho de morirse, sino cuándo y dónde. La pequeña nota final del manuscrito, que  relataba hasta el más mínimo detalle de la operación y que descubrí por casualidad en un secreter de la mesa del despacho de Von Bruck, no resultaba fácil de descifrar ya que estaba escrita con los caracteres cirílicos de la lengua rusa. Con mi nunca desfallecida voluntad comencé a traducir el texto. Para facilitar su lectura lo transcribí fonéticamente:


Bera - Núzno konchitl - skópo pri ispanskií -
on odín grustit nuzno kormlju ximik vrau
kak ras cheree njedjelju paról Berter chas
V3 chasoz nojabrie djen sredá gibjel 
korábl pri rjeká

        
La primera palabra, Bépa, me llevó casi un día hasta que por fin pude apreciar su verdadero significado. El diccionario traducía ´fe´, y era muy difícil saber por qué en el texto se aludía a la fe. Mis conversaciones con Von Bruck fueron, en ocasiones, relativas a mi viejo problema de fe, a mi trágico vacío religioso, a mi marginación de Dios. Von Bruck se admiraba de mis largos parlamentos y prestaba callada atención:

- En el fondo, las formas superiores del simbolismo intelectual son agradables pasatiempos, sin razón y sin objeto porque no pueden tenerlos las cosas humanas si el hombre mismo no las tiene. 
Von Bruck callaba.

 -Todo perece, al fin y al cabo, y sólo queda como trabajo útil el sostenimiento de la especie al que contribuyen los hombres menos cultos con mejor resultado que los sabios y artistas.

- Cuando uno no cree en nada y no desea nada, se queda uno en la gloria. En cuanto al pesimismo del Kempis, ríete de él. ¿Qué pesimismo puede haber en quien cree? El que vive en Dios no tiene necesidad de otras menudencias. Para ser pesimista hay que no creer en nada y empeñarse en concebir el mundo como algo serio, en el que el hombre tiene que tocar el pito y no sabe cómo.
Von Bruck callaba.

- Conste que yo no creo ni quiero creer por ahora. Llegaré un día a encerrarme en un castillo y a no creer ni en la existencia de los hombres.

       El barón, casi siempre, planteado el tema me seguía la corriente, y así discurrían las frías horas de Riga.

         No obstante, averigüé, que no eran alusiones a mi problema de fe lo que encerraba la palabra inicial. Descubrí en un apéndice de la gramática rusa una lista de  nombres propios rusos femeninos y me entretuve viendo algunos de ellos y analizando sus llamativas formas


Алексáндра Alejandra        Анна         Anna
Антонина   Antonina           Варвáра    Bárbara
Вера            Bera                  Лариса       Larisa
Мария        María                Наталья      Natalia
Ольга         Olga                  Софья          Sofía


De los 32 nombres que aparecían en el apéndice, efectivamente Bera era uno de ellos. Me faltaba saber quién era esa misteriosa mujer a la que se dirigía el mensaje. Continué la penosa traducción y por fin pude leer el aterrador documento, ya intuido como terrible desde el principio.

       El texto decía: Bera, es necesario acabar pronto con el español. Está solo y se siente triste. el médico debe darle el producto químico justamente dentro de esta semana. Santo y seña: Werther. Hora: las tres, noviembre, día martes 17. Muerte, barco en el río.

Desasosegado, me dispuse a escribir una carta a quien yo suponía pieza importante en la trama que se disponía a eliminarme. Cogí pluma y papel y dirigí el escrito de salvación a Mr. Powers. Previamente releí la carta que L. Powers me había dirigido desde el Hotel de Rome.

    Muy Sr. mío y distinguido amigo:
    Siento muchísimo decirle que no me es posible complacerle según me pide en su esquela de anoche. No podré acudir a su casa entre las diez y las once de la mañana, pues me encuentro bastante indispuesto, habiendo pasado una noche algo mala, pues me temo que he cogido un poco de frío, pero si usted me quiere hacer el favor de pasar a esta fonda le estaré muy agradecido.
    Se despide de usted affmo y ss. q. b. s. m.
    Luis Powers, Vicecónsul de Rusia en Gibraltar.

    No sabía qué determinación tomar. ¿Podría dirigirme a Von Hacken? Siempre la sombra de Amelia turba las más puras ilusiones de amor. La hermana de Von Hacken tiene la inmensa dulzura de estas tierras. Ir al Hotel de Roma me parecía muy arriesgado; un accidente podría acabar conmigo. No iré.

       ¿Qué hacer?, ¿adónde huir ahora? Por todas partes me vigilan y, sin embargo, nadie cree mis temores. ¡Dios mío, cuánto abandono! 
       
        Por fin, le escribí:

      Muy Sr. mío y distinguido amigo: 
   Me es imposible acudir al hotel, pues estoy verdaderamente ocupado; a las cuatro llegan mi mujer y mi hijo; antes debo arreglar unos asuntos en el Consulado.
     Podíamos tratar el asunto en el vapor que cruza el río alrededor de las tres y media. Espero que las pequeñas molestias que padece no le impidan estar presente.
     Saludos.
     Ángel Ganivet, Cónsul de España en Riga.

     Aguanté como pude todo mi miedo. Descubrí que no debía ser yo el centro de la trama, porque de otra manera habría muerto ya. En efecto, miré mi agenda, regalo de mis amigos granadinos, y después de comprobar que era martes, vi que 'estábamos' a 29 de noviembre de 1898. (¿A cuánto estamos hoy, Ángel?, recordé a mi madre que continuamente preguntaba la fecha).

    Si el manuscrito fijaba el 17 de noviembrre, resultaba claro que habían sido alucinaciones de mi cabeza, algo flaca últimamente, las alarmantes y bien urdidas amenazas.

    Me tranquilicé bastante y me preparé para ir hasta la oficina del Consulado y resolver algunos asuntillos antes de que llegara Amelia. 
   
   Me dirigí al vaporcillo que cruzaba el Dwina y miré el reloj mientras esperaba su salida. Eran las tres menos diez minutos (me intranquilicé por momentos, pero volvía a pensar en la fecha ya pasada según mis cálculos).

    Hacía frío. En el barco, las mañanas desapacibles acostumbraban a ofrecer a los pasajeros una taza de té bien caliente. Acepté la humeante taza de té como todos los demás viajeros.

   El barco zarpó para su pequeño y monótono viaje.
   - Bera, oí gritar al capitán del barquichuelo que se había situado ya en el centro del río.

   Se me heló la sangre, sentí fuego en el estómago,tambaleándome pude todavía ver en la popa del barquito a Mr. Powers, sonriente...

    Luego… una eterna sed de agua.

    En la mugrienta madera del puente, agitado por el viento frío del otoño, un calendario ruso marcaba en rojo el día 17 de noviembre de 1898.
     
        

  
            
       

     

martes, 23 de mayo de 2017

Capítulo 6. El blando reloj del tiempo




Ganivet, el solitario de Brunnsparken
(Biografía novelada)

Seis de la madrugada.
Una mujer corría por la calle como si fuese a abrir las puertas a la aurora. El tiempo se desleía limando lentamente la historia de la tristeza.

En las largas veladas de las noches de invierno nos reuníamos en mi casa la pintora Hanna Rönberg, las hermanas Wennerbergin, Ella Sahberg y yo. El recuerdo teñido de rosa de un veinte de enero de 1897 permanece vivo, ha logrado romper los dientes del tiempo.

Nos reuníamos en torno a una mesa amarilla que Hanna había comprado con la única intención de hablar de la muerte.

-       _ Es muy probable que los finlandeses nunca digan lo que os voy a decir: las mujeres finlandesas son blanquitransparentes, de cristal, frías, casi crudas. Además Finlandia se nos impone como una terrible soledad blanca, reflejo de la muerte. Vivimos en el vacío de la nada.

Hanna, pelirroja, pecosa, alta, retocaba en un rincón su última obra, un bodegón con manzanas y un jarrón de cobre sobre una tela blanca; se sentía el peso del jarrón en el paño hundido levemente, las calidades de la tela eran zurbaranianas, el cobre tenía el brillo de los fuegos que en las fiestas del sol de  medianoche animaban los lagos.

De espaldas:

-      Un hombre inteligente no debe generalizar nunca. La muerte plácida o terrible no está en la naturaleza, sino en nosotros mismos. Tú puedes ser un finlandés alegre o un angustiado granadino: todo depende de ti, tú eres el único dueño de tu nada. Además tú deberías ser fecundo y generoso y solidario como la granada que da nombre a tu ciudad y que simboliza la unión: 613 semillas recordando los 613 mandatos de la Torá que deberían multiplicarse en ti como semillas de vida y no de muerte, ¡alma en pena! ¿Sabías que durante la festividad del año nuevo judío, se consumen granadas como símbolos de vida fecunda?  ¡A ver si aprendes!


Ella Sahlberg intervino para precisar mi afirmación:
-       _  Las mujeres finlandesas, si te refieres a nosotras, son como las de cualquier lugar del mundo: las hay frías, muertas, como agua de lago en diciembre; otras, más templadas e incluso hay algunas que arden en un candil.

Un búho blanco ha guiñado un ojo en la ventana. Se derretía el blando reloj del tiempo.

 Yo volvía a pinchar el templado espíritu de mis amigas:
-         Hay un acuerdo tácito entre las “heladas”, las “termales” y las “candiles” para ignorar la cocina. He llegado a suponer que no existe esa palabra en finés. La mujer finlandesa arruinó esa forma de cultura. Vuestra gastronomía es de supervivencia: un kilo de pescado crudo embutido en un pan. Practicáis el salvajismo gastronómico, no tomáis más que grasas sin gracia alguna, parecéis un pueblo de lustrosas focas.  Como no estáis en la cocina, sencillamente no hay cocina. Claro que tampoco podéis contravenir la naturaleza: no tenéis de nada, ni garbanzos, ni vino, ni vinagre, ni aceite, pero si hasta los ajos los vendéis en las boticas, para qué decir más. Irritada, terciaba Selma Wennerbergin, de mejillas rosadas sobre piel de nieve, ninfa de pelo rubio, casi blanco, bocanada de aire fresco, mensajera de regiones felices y claras; su verde mirada podría librar de un golpe de toda la horrible caricatura de la existencia.

-        _ La mujer tuvo que huir del infierno de la cocina, que seguramente inventó un hombre. La mujer era Sísifo alucinante cargando cada día con la pesada tarea de la casa, para volver a empezar al día siguiente. La cocina es el trabajo de las Nereidas, castigadas eternamente a llenar de agua cántaras sin fondo. Hemos abandonado el laurel olímpico, el perfume del sofrito, el misterio oriental de las especias, la blanca ternura de la harina y el ramillete de las rosas rojas de los fuegos. Toda esta esclavizante literatura para el que la quiera, he dicho “el que”, no “la que”. Se oía el gong de la nieve cayendo levemente; los copos plateados  caían oblicuamente sobre las farolas.

 Intervenía Ella Sahlberg, rubia boticceliana, que reía moviendo los hombros espasmódicamente:
-         En Finlandia se come carne de todo tipo: de vaca, de cerdo y de pollo que nos envían desde Rusia conservados en hielo. El pan es magnífico, puedes elegir entre el pan de trigo, el de centeno o la torta de maíz y nuestra ensalada amarga con manteca derretida, vinagre, mostaza y azúcar, es excelente.

-      Eso es vandalismo gastronómico. Si me atreviera a comer semejante engendro culinario, tendría que forrarme antes el aparato digestivo con piel de oso. El viento quería arrancar la casa, aullaba desesperadamente y mordía la nieve que lo cubría todo.

-         Nuestra tierra es generosa: bayas de los bosques, cangrejos de río, salmones, arándanos, arenques del Báltico y agua pura de los lagos, que podemos beber en la copa de las manos. Somos buenos patriotas, amamos lo que tenemos. Nuestra mjolk es mucho mejor que cualquier leche de tu país y la graedda es insuperable, además quién ha dicho que se cocina mal.
-                  Por ahí, no vamos bien, querida Hanna. La cocina finlandesa es un teatro por horas; no hay en ella un plato contundente como el cocido español. Hanna cubierta con un sombrero lapón “de cuatro vientos”, entrada ya la madrugada, me besó en la mejilla y comprendiéndome, posiblemente mejor que nadie, me dijo:
-         Ángel, es preciso vivir. Deberías aprender de esta tierra.Yo le susurré al oído: ‘ El viento de mi memoria irá delante de ti’.

¡Hanna deberías estar aquí, ahora! ¡Podrías ayudarme en esta dolorosa caída!

Como la tempestad de nieve fue tan grande, mis amigas no se atrevieron a regresar a sus casas. Secuestrados por el fantasma blanco de la nevada, les propuse que podríamos contar historias al amor de la lumbre. Las damas aplaudieron la idea.
Comenzó Ella Sahlberg:

En un principio, el Universo estaba poblado de divinidades: Ukko era el más grande entre los dioses y la primera de las diosas era Akka. No  existía la tierra; sólo, el agua del mar. Una de las diosas, llamada Ilmatar, hija del Aire Azul, bajó del cielo y se hundió en el mar; allí vivió mucho tiempo sola, hasta que un día deseó volver a su antigua morada y pidió auxilio a Ukko, el gran dios. Este le envió un pájaro que, no hallando donde posarse, hubiera volado eternamente sobre la superficie de las aguas si la piadosa doncella Ilmatar no hubiera tenido la idea de sacar las rodillas y ofrecer en ellas un descansadero al celestial peregrino.

El pájaro no fue desagradecido, pues puso en el acto siete huevos: seis de oro y uno de hierro. A los tres días sintió Ilmatar un calor en las rodillas como si se las quemaran, hizo un movimiento y dejó caer en el mar los huevos, de los que salió toda la creación.

Apenas creado el mundo, apareció en él un hijo de Ilmatar, llamado Waeinaemoeinen, quien notando que la creación estaba aún incompleta, se dedicó a perfeccionarla bajo la protección de Ukko y Akka, con la ayuda de Pellervoinen, el dios del trabajo.

Así se creó el mundo aquí en Suomi, dijo Ella Sahlberg. Todos admiraron la encantadora belleza de la narración del Kalevala.

Luego, Hanna nos habló de la eterna lucha entre el norte y el sur, entre el reino de las tinieblas y el reino de la luz; entre Laponia, al norte y Finlandia, al sur. Todos los combates entre Suomi y Laponia tenían un motivo central: la conquista del molino de Sampo, símbolo de la felicidad. Hanna contó su historia mientras el fuego de la chimenea jugaba con todos los tonos del rojo:

Ocurrió mucho después de que el mundo surgiera. Pellervoinen creaba todo lo que el hombre necesitaba para vivir; por el  contrario, Waeinaemoeinen entretenía sus ocios cantando.

Un interminable día, bajo el sol de medianoche, un joven cantor llamado Joukahainen quiso competir con Waeinaemoeinen, el héroe que, celoso de su arte, se había hecho viejo maldiciendo al tiempo, porque era un engaño de los dioses, y cantando eternamente a la orilla de un lago de agua dulce.

El héroe se dirigió al joven y le preguntó qué sabía hacer.
-Sé que el respiradero de las casas está en el tejado, y la lumbre en el hogar; también sé que los lapones tienen renos, y que Imatra es la catarata más grande del país, de la que nacen todos los colores con los que se adorna el mundo.

Así habló el joven.
-                          ¿Qué más sabes hacer?, preguntó, burlón, el héroe.
-         También sé que la serpiente no tiene patas, que el mejor remedio contra las   enfermedades es el agua y que el primero y más grande médico es el Creador. Ante la simpleza del cantor Joukahainen, el viejo y sabio Waeinaemoeinen se burló del joven. Este, entonces, le atacó furioso.

La historia crecía en interés como la llama al prender un tronco nuevo. Hanna se triplicó: era, al mismo tiempo, el narrador, el joven cantor, cambiando a un tono más agudo de la voz, y el héroe Waeinaemoeinen al que prestaba una voz más grave.
Hanna continuó entre la admiración de todos:

El héroe derribó al joven y estuvo a punto de matarlo, nada lograba aplacar su ira. El joven le ofreció su arco, pero Waeinaemoeinen lo rechazó diciendo:
-                Guárdatelo, porque el arco no es leal. Cuando era árbol era amigo de los pájaros del bosque, cuando se sintió arco los persiguió con su doblez.

Luego le ofreció un bote para cruzar los lagos, y el héroe también lo rechazó; huyendo el joven gritaba: “Te daré un corcel de guerra”, “te daré plata y oro”, “te daré todo cuanto tengo"; Waeinaemoeinen rechazaba todo  cuanto le ofrecía y se acercaba amenazante respondiendo: “Nada de eso me hace falta, yo lo tengo mucho mejor”.

El último ofrecimiento logró salvar la vida del joven Joukahainen:
-         Te daré a mi hermana Aino, para que sea tu mujer; ella será tu compañera, te amasará rico pan de miel, te limpiará la casa todas las mañanas y te hará la cama todas las noches.
El héroe, entonces, se enterneció y aceptó el ofrecimiento.

Cuando Aino supo que su hermano la había prometido al viejo héroe, declaró que prefería habitar en lo más profundo de los mares a pasar su juventud al lado de un viejo a quien nunca podría amar. Dominada por esta idea se dirigió a una playa cercana en donde lloró toda la noche; al amanecer, después de quitarse los vestidos, se arrojó al mar, entre cuyas ondas desapareció para siempre.

En el sitio donde Aino desapareció nacieron tres islitas, en cada islita tres árboles, y en cada árbol cantaban tres cucos. Durante los tres meses de verano, en recuerdo de la joven que dormía sola en el fondo del mar, un cuco cantaba: ¡amor!, ¡amor!; el segundo cuco durante seis meses le cantaba al viejo pretendiente, que estaba sumido en el más profundo dolor: ¡felicidad!, ¡felicidad!; el tercer cuco le cantaba al pobre corazón de la madre de Aino: ¡alegría!, ¡alegría!
Este tercer cuco canta siempre.

Acabó Hanna de contar su relato entre la admiración de todos. El viento azotaba las paredes de la casa con el furioso látigo blanco de la nieve. Se condensaba el tiempo…

¿Dónde estará Sampo, Hanna? ¿En qué lugar se encuentra el viejo molino de la felicidad?

     Hanna se volvió hacia mí y me indicó que comenzara mi relato. Les dije que antes del mismo les indicaría quién me lo contó y dónde. ‘Ocurrió hace ya casi un año. Yo venía en tren desde San Petersburgo para ocupar mi flamante cargo de cónsul de España en Finlandia. Adormilado vi que entraba en el vagón un joven de unos veinte años, de estatura media, de viva mirada, que a duras penas logró situar una pesada maleta encima del asiento. El joven, al observar que llovía, dijo entre labios: “Jandulilla, atana shitá”, luego saludó con un “masauljair, say yidi”.

     Ya sabéis que mi gran afición es aprender idiomas, y aunque los suelo aprender a salto de mata, recordé el mínimo aprendizaje que había hecho del árabe y logré articular un “kaifaljal”. “Bijair shucran”, respondió mi amable interlocutor. Comenzaba a perderme sin remedio en el laberinto árabe, cuando recordé otra de las escasas 10 ó 12 frases que tenía memorizadas: “¿Jal tatakallam al Ispanía?” Fue todo un consuelo oír que sí, que hablaba español. Mi simpático e inteligente interlocutor, patinando sobre las vocales, se presentó: “Ismi Said”; yo estreché su mano: “Mi nombre es Ángel, tasharrafna”. Luego me habló de su país Lubnan, también nevado y rico como Suomi.

     Recordé con mi improvisado profesor todo el rico refranero árabe, las letras solares y lunares de su alfabeto, algunas expresiones que vagamente recordaba, mientras agitábamos las cabezas como marineros borrachos. Lo que nunca entendí bien, le dije a Said Nayim, que así se llamaba mi acompañante, es la exclamación ¡Ya lel!, que recuerdo que en la gramática árabe traducían como ¡qué gusto! Al principio, Said Nayim Hasán, que así se llamaba mi nuevo amigo, se resistía a resolver la duda, pero, por fin, me contó la historia, que dice así:

       Había una vez en las costas del mar Arábigo dos hermanos pescadores, cuyo amor era tan grande, que se prometieron no ir nunca con mujer alguna, para así no disminuir el fraternal lazo. Con esta promesa, hecha en el barco sobre la lámina del mar y bajo la luna roja de agosto, se selló el más grande amor fraternal que jamás vieron los tiempos, incluso superior- decía con cierto sarcasmo, mi amigo “Feliz”- al de Caín y Abel.

     Y ocurrió que una noche cuando la luna creciente acunaba la barca en el espejo del mar y mientras Leil (que en árabe significa noche) hacía guardia en la cubierta del barco (Sihab dormía) el agua hirvió en espumas y del blanco hervidero surgió Ain, la sirena. Ain le pidió a Leil que la acompañara a su reino submarino y que se desposara con ella, ya que así conquistaría una eterna felicidad azul. Leil relató entonces a Ain la historia de la promesa hecha a su hermano Sihab, que en árabe es el nombre de una constelación de estrellas.

     La sirenita comprendió la sacrificada nobleza de Leil, y se zambulló en los fondos marinos. Leil – que en árabe significa la noche – no dijo nada a Sihab, su hermano.

     La segunda noche, Leil dormía y Sihab vigilaba en la cubierta del barco. La luna creciente acunaba el barquito en el espejo del mar. De pronto el agua hirvió en espumas y del blanco hervidero surgió Ain, la sirena. Ain pidió a Sihab, que en árabe es el nombre de una constelación de estrellas, que la acompañara a su reino submarino, que se desposara con ella, pues así gozaría la eterna felicidad azul.

     Y Sihab que no era noble ni leal como su hermano Leil no contó a la sirenita la promesa de amor fraterno y dijo inmediatamente que sí. Sin embargo, Ain, la sirena, que había comprendido la deslealtad de Sihab, se zambulló en la estela de plata con que la luna adornaba el mar, y desapareció.

     Y el mar de nuevo bamboleó la barca de Sihab y Leil y apareció la luna creciente y meció la barquichuela en el espejo del mar. Sihab dormía, Leil vigilaba en la cubierta del barco. De pronto el agua hirvió en espumas y del blanco hervidero surgió Ain, la sirena. Ain, entonces, contó a Leil la deslealtad de Sihab y le pidió que la acompañara a su reino submarino, que se desposara con ella y que así conquistaría una eterna felicidad azul. Y Leil, que en árabe significa la noche, se zambulló en el mar de la felicidad por la rendija de plata que la luna había abierto en el agua…

     Cuando Sihab, al amanecer vio que su hermano Leil no estaba, lloró desconsolado  y gritó al mar durante toda la eternidad: ¡Ya Leil!, ¡mi hermano!; ¡Yaen!, ¡mi sirena!

     Cuentan los hombres del mar que en las noches de luna creciente, cuando el aire queda encerrado en el paréntesis que forman la luna reflejada en el mar y la alta luna del cielo, todavía puede oírse la eterna queja de Sihab, el hermano innoble, que grita al mar y su voz se hace azul: ¡Yalel!, ¡Yaen!; ¡Yaaaleel!, ¡Yaaaeeen!... ¡Yaaaaaaaaleeeeeeel!, ¡Yaaaaaaaaaeeeeeeeeen!

     Cuando mi amigo Said Nayim, que en árabe significa Feliz Estrella, terminó la historia, el tren había entrado en tierras finlandesas. Me dijo, además, que las canciones árabes solían comenzar por Yalel-Yaen, prolongándose el doble grito durante quince minutos o más, antes de empezar a cantar la canción. Con ello parecía excitarse la imaginación del aturdido oyente que imaginaba la completa felicidad de la unión azul y la desgracia sin límites del burlado Sihab.

      La dulzura de la historia cautivó a mis amigas. El fuego había consumido casi todos los troncos de leña. El viento amenazaba fuera levantando oleadas de nieve.

       Cuando me ennegrezco de tristeza, cuando la tristeza tizna mi alma de un negro pegajoso, asfáltico, siempre busco un recuerdo que me saque a flote del hundimiento en el mar oscuro. Ahora selecciono la tabla de salvación de Granada en el Hotel de los Siete Suelos  de la Alhambra, en el banquete con el que mis amigos me homenajearon. Estuvieron Méndez Vellido, Miguel Gutiérrez, Rafael Gago Palomo, Francisco de Paula Valladar, Federico Albaladejo, Gabriel Ruiz de Almodóvar, Francisco Martínez Mesa, Elías Pelayo, Francisco Seco de Lucena, José Ruiz de Almodóvar, Diego Marín, Melchor Almagro y Nicolás María...

        La comida homenaje fue pantagruélica. Yo que ya entonces me encontraba mal, acostumbrado a la cocina del Norte y a mi régimen vegetariano, no aguanté bien la comilona, pero sí el inmenso cariño de los míos. Desde entonces guardo detrás de la memoria la amistad de tan nobles granadinos y la enorme satisfacción de ver publicado el mismo día del homenaje el 'Idearium Español'  en Granada, en mi Granada, a la que unos forajidos le taparon el río.

         La idea de tapar un río no se le ha ocurrido a nadie más que a nosotros. El río suple con ventaja la ausencia de árboles, estrecha la calle y ofrece el espejo del agua para hacer doble el cielo. Yo conozco grandes ciudades atravesadas por pequeños y grandes ríos, desde el Sena, el Támesis, el Spree, hasta el humilde Manzanares, pero no he visto ríos cubiertos como nuestro Darro. Contra un pueblo que renuncia a ver el agua correr a sus pies, espejo  del cielo que tiene sobre sus cabezas, no queda más remedio que echarse a llorar.

         Bajo la noche inmensa, más inmensa sin ella, me he sentido arrojado del edén primero. Aquí en la sombra he soñado con un río. La noche ha sido larga, pero ya ha pasado. 


viernes, 10 de febrero de 2017

Capítulo 5 - La nada tiene prisa





Ganivet, el solitario de Brunnsparken
(Biografía novelada)

Tres  de la madrugada. Ramalazos de viento tajan las calles. Vivo pisando cristales  con los pies descalzos. La nada tiene prisa.

El 25 de enero de 1896 hice el viaje a Finlandia por ferrocarril a través de Berlín, Könisberg y San Petersburgo.

En Berlín – un cielo cruzado por catenarias negras,  el suelo rayado por raíces relucientes, vagones de madera y barracones rojos – conté más de cien uniformes diferentes y vi el bigotudo busto del káiser Guillermo II por todas partes.

Könisberg, sucia, silenciosa, anclada en el pasado desde que dejó de ser la capital de Prusia, me gustó más que Berlín. En el recuerdo, dos puntos rojos y temblones en los cristales de las gafas de un hombre sentado frente a mí cuando empiezo a fumar un puro,  un vendedor de periódicos voceando por el andén y un humo denso de una vieja locomotora.

En San Petersburgo la nieve cubría los árboles y los techos de las casas bajo un cielo lechoso. Mientra esperaba la salida del tren visité su museo, paseé en trineo por sus calles y me compré un “ruso” y un bonete de astracán.

Cuando ya  embarqué camino de Finlandia, leí en el tren un fragmento de Así habló Zaratustra y presentí que Nietzsche se solidarizaba conmigo:

‹‹ ¡Huye, amigo mío, a tu soledad! Ensordecido te veo por el ruido de los grandes hombres y acribillado por los aguijones de los pequeños. El bosque y la roca saben callar dignamente contigo. Vuelve a ser igual que el árbol al que amas, el árbol de amplias ramas: silencioso y atento pende sobre el mar. Donde acaba la soledad, allí comienza el mercado; y donde comienza el mercado, allí comienzan también el ruido de los grandes comediantes y el zumbido de las moscas venenosas ››

  Luego ojeé un periódico en  el que se destacaban dos noticias: la revuelta de las cigarreras de Sevilla y la incorporación a las tropas españolas en Cuba de la enfermera granadina doña Concepción Camacho de Morales. Como el viaje es lento, aunque el tiempo tiene prisa, me entretuve intentando adivinar el sentido oculto de un cuadrado mágico que había encontrado Amelia entre los materiales de construcción amontonados en la Sagrada Familia de Barcelona:

  1               14              14              4
11                7                 6              9
  8               10              10              5
13                2                 3            15      

Estaba claro que 33 era el resultado de todas las sumas horizontales y verticales. Acabo de cumplir los 30 años, así que me faltan algo más de dos para cumplir la magia marcada en el cuadrado.   



                                          Cuadrado mágico en la Sagrada Familia de Barcelona
  
Cuando llegué a la capital finlandesa, después del largo viaje, lo primero que hice fue tomar un baño en un establecimiento servido por jovencitas. Una de ellas me desnudó, me llevó a la pila, y como si fuera un niño recién nacido, me enjabonó, me lavó y me fregó de pies a cabeza sin omitir detalle. Luego me hizo pasar por una serie de duchas frías y calientes, me frotó y cuando reaccioné me ayudó a vestirme.

Este oficio se reserva a las mujeres que ganan con él el pan de cada día. Estas jóvenes ocupan el más bajo lugar en el escalafón de las mujeres trabajadoras en Finlandia. Supe unas semanas después que muchas mujeres viven solas, trabajan en oficinas, estudian o dan clases de idiomas, de música, de pintura. La “kvinna”, la mujer finlandesa, mantiene el señorío sobre su persona. A mí estas mujeres me encogen. Son ellas las que proponen el juego amoroso- el kaerlek-  cuando quieren, pues su corazón les funciona como un cronómetro.

Comienzan por hablar mal de los hombres, luego se compran una bicicleta y por último se cortan el pelo. A mí estas mujeres me descolocan. En España tardaremos por lo menos un siglo en alcanzar este tipo de féminas.

No fue la “kvinna”, la mujer, lo que más me angustió en Finlandia, sino la falta de sol. Da más luz el suelo nevado que el cielo gris. A veces una mancha rojiza marca un punto en el cielo por donde el sol quiere asomarse.

Cuando llegué, los campos, los lagos, el mar, todo estaba sepultado bajo la nieve. En el paisaje silencioso el hombre pasa sin dejar rastro alguno. El espíritu triste del país vaga solitario sobre planicies blancas, inacabables, sin hallar refugio alguno donde acogerse. Hay un periodo pequeño de vida cuando llega el verano y otro de muerte el resto del año; en la lucha entre ambos es la muerte la que triunfa siempre. Cuando empieza a caer la nieve, la breve vida estival se desvanece dejando tras de sí los árboles convertidos en mudos esqueletos.

Pasé muy mal los primeros días en Helsingfors. Me sentí totalmente solo a cuarenta grados bajo cero y llegué a sentir pánico de tanta soledad. La ciudad me pareció algo así como Granada, un poco más fría que Amberes, pero sin lluvia.

Había que marchar siempre en trineo a causa de la nieve. La ciudad me pareció un primor con cada palacio que despatarra.

Me instalé en el 21 de Nicolaigatan para después marchar a Brunnsparken, que es lo mejor de la ciudad. Busqué una casa en un sitio elegido para vivir en una especie de Alhambra, en un bosque rodeado de mar y sembrado de chalets de madera, montados sobre una planta baja imitando roca.

Me costó aclimatarme y no tuve tranquilidad de ánimo para emprender nada hasta pasado cierto tiempo. Brunnsparken se convirtió en un bosque muerto a la orilla de un mar, no sólo muerto, sino enterrado bajo montañas de nieve. Desde mi ventana miraba la blancura muerta, caricia blanca para mis ojos, bajo horribles huracanes que parecían anunciadores del juicio final. A cada momento me figuraba que las casas iban a salir volando arrancadas de patillas.

En Finlandia viví una suerte de sueño aletargado como reptil en digestión. ¡Cómo llenarte soledad, sino contigo misma! El tiempo corrió veloz y yo sentí una no discernida felicidad hasta que el sol de medianoche hizo los días interminablemente embriagadores. Sólo alumbraron mi espíritu las auroras boreales, amaneceres policromados arrastrados por el viento del Norte, paletas de colores deslumbrantes en el horizonte.

En Brunnsparken creé toda mi obra. Mi sensibilidad y mi espíritu se adelgazaron, se depuraron entre las mil blancuras del infierno helado. El tiempo se condensó y yo pude inmacular mi alma para ofrecer al mundo lo mejor de mí.

Y ocurrió así porque la muerte es fecunda y crea la vida, y yo llevé en Brunnsparken la muerte absoluta dentro de mi espíritu y me vi obligado a trabajar, porque teniendo ya ideas de vida, que siempre son pequeñas y miserables, creé con ideas de muerte que son amplias y nobles.

Así mi obra fue naciendo entre el cándido blanco, el albor níveo, el blancuzco y el blanquecino, entre el albor cano, el nacarado, el perlino, el plateado y el lactescente horizonte del Báltico.

Y nació Granada la bella, el primer tratado de estética urbanística y ciudadana, y proyecté el Libro de Granada para que participaran mis amigos de la Cofradía del Avellano, y concluí La conquista del reino de Maya y resucité el Madrid de la calle Tetuán 15 y vieron la luz Los trabajos del infatigable creador Pío Cid y comencé el proyecto de muerte, de mi muerte, en la obra de teatro El escultor de su alma, que no creo ver representada nunca, y quise yo solo levantar España y como un estadista borracho, lejano, organicé todo un programa político para la salvación de los míos, y mandé a Granada para publicar en “El Defensor de Granada” mi Idearium  y entrecrucé opiniones con mi amigo Miguel de Unamuno y publicamos El porvenir de España y hablé a mis amigos de literatura nórdica y les mandé Los hombres del Norte y les conté mi visión de estas tierras y de su sociología sorprendente para mí en Cartas finlandesas.

En este invierno helado exprimí mis entrañas y mi obra nació de la blancura de Suomi, cuando las tierras ocultaban sus heridas con nieve bálsamo.

Me sentí feliz en Brunnsparken cuando en el verano del 96 llegó Amelia con mi hijo. Paseábamos por Parkgatan, recorríamos Puistokaku y desde aquí bajando hasta Vasta Allen, muy cerca de Ehrenströmsv, contemplábamos el mar. Una vida nueva removía su sangre azul y renacía de su sepultura blanca el corazón nuevo que impulsaba la vida. Al atardecer, entre dos luces, el Báltico se ajedrezaba con el negro profundo y el blanco de las olas.

Brunnsparken
Hay un hombre junto a un jardincillo
que toca el acordeón.
Unas mujeres le arrojan unas monedas.
Llueve plácidamente…
Vasta  Allen me sabe a Granada.
Una vieja se acurruca en un portal
y extiende una mano.
En cada árbol renace la vida.
Yo, yo mismo, yo íngrimamente mismo,
quiero hoy veintidós de junio de 1896
dejar constancia de mí.

Escribí esto en un cuadernillo que llevo siempre. Brunnsparken estaba precioso el verano del 96; también Granada debía estar inmensamente hermosa.

Contemplábamos el sol de medianoche. Teníamos que correr las gruesas cortinas negras de toda la casa para simular la noche. Cuando vi a mi hijo dormido, sentí el paso de los días como un inmenso pez de plata que escapaba de entre  mis manos y me dolió el mordisco en el corazón del jabalí del tiempo.  Lo miré y casi susurré una oración:


Porque apenas recuerdo ya tu edad
y tienes dos años, cuatro, cinco, quince,
casi cuarenta años, y te me has perdido…
¡Una red pescadores del Báltico,
que se me escapa el tiempo!



                                             Aurora boreal en Finlandia



Cuando Amelia y Ángel Tristán se durmieron volví a leer los poemas a Mascha:

Belle princesse aux cheveux d´or
languisante dans cette tour maure
à l´Alhambra de Grenade
écoute ma serénade:
Je suis un pauvre troubadour
qui vague errant par le monde
aux pieds de blessures profondes
au coeur des souffrances d´amour [1]



         A Mascha la descubrí al leer en un rincón del diario sueco Hufvundstadsbladet un anuncio:
Enseñanza práctica de alemán, inglés y ruso, será dada por M. Bergmann de Djakoffsky, Brunsparken-22, de cuatro a cinco.

         Mi profesora rubia me enloqueció de amor desde la primera clase; le dirigí cartas incendiarias, pero mi fuego chocó siempre contra su fría inteligencia. Acordé repasar con ella el alemán que casi dominaba y aprender sueco y ruso para manejarme mejor en la ciudad.



                                       Retrato de Mascha Djakoffsky

         Mascha era bellísima en el género rubio, pero más seria que un chavo de especias. A mí me tenía por loco y no iba muy descaminada. Me consideraba una especie de Quijote, pues no podía comprender que un hombre fuera idealista y, al mismo tiempo, cometiera barbaridades y chiquilladas.

         Pocos días después de mi llegada a Helsinki, la conocí. Aquella  madrugada, en soledad, temeroso de mí mismo, escribí:

          J´ai connu une femme étrange, de bonté si cruelle
         qu´elle aimait délivrer de leur cage les oiseaux
         mais qui avec quelques coups secs de ciseaux
         devant de les lâcher elle leur coupait les ailes.
                   (…)
         Su traducción al español no me satisfizo tanto como la versión francesa original:
         Yo he conocido a una mujer extraña, de bondad tan cruel
         a la que le gustaba liberar de su jaula a los pájaros
         pero que con algunos golpes secos de tijera
         antes de dejarlos (en libertad) les cortaba las alas.
         (…)
         Acordé, pues, escribir en francés el librillo Pensés mélancoliques et sauvages (Pensamientos melancólicos y salvajes). El ritmo de la lengua francesa y el pensamiento interior adquirido de la misma me facilitaban expresar mejor mis sentimientos.

         Cuando Mascha abandonó Helsingfors, yo sentí mi segunda derrota, y pedí el tralado al consulado de Riga en Rusia, porque sin verla no merecía la pena vivir.

         Escribí a Nicolás María y le dije que era simple amistad, sin mezcla de deseos impuros, la relación sostenida con la joven rusa, tipo rarísimo de mujer rubia, de nariz respingona y de mirada limpia y curiosa. Mentí, la deseé ardientemente:

         Je m´accuse devant toi très humblement
         d´un mal que j´ai t´ai fait; j´étais dormi
         et je t´ai vue comme Eve au Paradis
         et je t´ai mordue toute et t´ai fait du sang.

         No era inocente lo escrito:

         Yo me acuso ante ti muy humildemente
         de un daño que te he hecho; estaba dormido
         y te he visto como Eva en el Paraíso
         y te he mordido toda hasta hacerte sangrar.

         Recuerdo parte de la carta  a mi amigo: “Creo, Nicolás, que no soy malo, pero intuyo que alguien tuvo la culpa del hiperdesarrollo de mi cerebro reptiliano, del infradesarrollo de mi cerebro límbico y de cierta “normalidad” en el racional. Dicho de otra manera, Nicolás, mi cerebro animal supera con creces a mi cerebro emocional y racional”. Los encargados de repartir los chips cerebrales que vaya usted a saber quiénes son, a veces no calculan bien y te animalizan más de la cuenta o te racionalizan un poco más de lo debido. El pecado original, que de original creo que no tuvo nada, no fue más que un exceso de cerebro reptiliano necesario para repoblar la granja azul, después del meditado y programado desahucio bíblico.

Todavía no puedo comprender lo que me ocurrió con aquel bichejo rubio. Mis ojos, mis oídos, me hicieron conocer a Jonás Lie, a Bjornsterne Björrnson, a Henrik Ibsen, a Arne Garborg, a J. Vilhem y a Knut Hamsun.

Todos ellos son admirables, porque ella mágicamente me los dio a conocer. Todos ellos no son más que una: Mascha Lie, Mascha Björnson, Mascha Ibsen, Mascha Garborg, Mascha Vilhem, Mascha Hamsun. Mascha… Mascha… Mascha… Mascha…

A la catalana-cubana Amelia Roldán que me conocía y me permitía - como compensación de las suyas - mis continuas debilidades, no le gustó en absoluto mi enamoramiento (por ahí no pasaba) y por eso me visita  ahora con mayor frecuencia acompañada de mi hijo.

El desamor de Mascha me hizo pensar en pedir un nuevo destino y abandonar la ciudad, pero mi mejor yo quedó en Brunnsparken, entre el viento huracanado, el frío glacial y el Báltico.







[1] Bella princesa de cabellos de oro / languideciendo en esta torre mora / en la Alhambra de Granada /
Escucha mi serenata: / yo soy un pobre trovador / que vaga errante por el mundo / con los pies con heridas profundas / y el corazón (lleno) de sufrimientos amorosos.